miércoles, 13 de noviembre de 2013

BCN Blues

Consiguió la libertad tras un robo (unos albano─kosovares reventaron los cristales del escaparate de los grandes almacenes donde vivía) aunque bueno, eso de la libertad era un decir. Concretamente sucedió que, con las prisas y los nervios, los cacos no había cerrado bien la puerta de la camioneta y el maniquí se escurrió por el hueco quedándose olvidado justo viente metros del cruce de Plaça Catalunya con Ronda de Sant Pere, dirección Plaça Universitat. Allí permaneció en la soledad de la noche, casi apoyado en una farola, vestido con una camisa Hawaiana, unos shorts militares y unas deportivas de una marca emblemática y con varios carteles con precios de descuento la mar de sugerentes enganchados con imperdibles (era verano y tiempo de rebajas).  
A los cinco minutos unos estudiantes, borrachos como cubas, se encontraron con él. Lo miraron con asombro, como el que descubre por vez primera una seta asomándose de la corteza de un árbol. Entre risotadas y choteos lo tomaron de los brazos invitándole a unirse a su fiesta (bueno basta decir que el pobre no pudo negarse) Ya por el camino comenzaron a propinarle varios tipos de tirones y algún que otro escupitajo.
Cien pasos más adelante descubrieron un Sex Shop, iluminado con luces de neón donde anunciaban cabinas abiertas las 24 horas del día. Como era de esperar entraron. Todos. El grupo se redujo a medida que se perdían por entre las puertas; tras ellas se proyectaban cualquier tipo de videos, a cada cual más obsceno. Los que transportaban al maniquí dejaron a su nuevo amigo apoyado sobre una pared. Entre las cabinas C y D. A esas alturas ya llevaba la camisa rota de una manga y le faltaba un zapato.
Allí se quedó allí, impasible, aburrido, con el rostro ausente. A simple vista parecía un guaperas, uno de esos recién salido de unas vacaciones en una playa de la tórrida Florida, con su flequillo tupé al más puro estilo James Dean. Sus ojos, blancos como la leche, estaban enfocados hacia un aparador de cristal, de unos dos metros de alto por uno de ancho. Dentro de él, como una extraña prisionera de un cuento de ciencia ficción bizarro encontró a la mujer de su vida.
Se llamaba Inga, sus referencias eran que era sueca, rubia, ojos azules, grandes pechos y muy apasionada. Su tez era pálida, pero no tanto como la de él. Su mirada estaba como extasiada. Su boca iba a juego. La tenía abierta formando un enorme cero (no como esos ceros que muchas veces había visto en los carteles que le colgaban de la solapa anunciando descuentos o precios desorbitados, pero casi). Sí, por una razón o otra Inga lo estaba mirando con desespero. Bueno, en realidad ella tenía razones de peso. Sabía que si se quedaba allí tarde o temprano acabaría convirtiéndose en la puta de alguien. Eso ya le había pasado a Yian Chi, Brunilda, M´Antuba, Chantal, Mary Lou o Dalia Petunia. Todas habían sido sus mejores amigas. Todas un buen día acabaron desapareciendo, deshinchadas, plegadas, metidas dentro de cajas de cartón y después en una horrible bolsa de plástico. Todas habían desaparecido del establecimiento en manos de personajes de mirada sucia y babas en la comisura de los labios.
El maniquí la miró con compasión, pero también con amor. Trató de moverse pero le fue imposible, es más, en ese momento un par de los estudiantes borrachos lo agarraron y lo metieron con ellos en una de las salas. Allí le forzaron a ver una película alemana, una en donde una mujer era penetrada varias veces por un Pastor Alemán, bajo la atenta mirada de su novio, mientras éste se excitaba y se masturbaba sin cesar. Al final él se cagaba en su cara.
Tardaron una eternidad en salir y cuando lo hicieron el maniquí echó un rápido vistazo a la estantería. Aterrado descubrió que Inga ya no estaba en su lugar. Alguien se la había llevado... Su desespero duró bien poco. Era cierto que Inga había sido liberada, pero en su contra había sido adquirida por el grupo de juergistas que lo acompañaba. Eso no le quitó que una nueva preocupación se despertase dentro de su oquedad. No sabía muy bien pero algo no iba a acabar bien esa misma noche.
Aun no había amanecido en la playa. Él estaba completamente desnudo, sin un brazo, con la cara embadurnada de arena. Inga yacía a su lado. Su belleza eslava había desaparecido por completo. Ahora no era más que una piltrafa, completamente deforme y rellena de babas, orines y esperma. El maniquí la miró con sus ojos blancos. Ella no le correspondió. Pensó que igual estaba enfadada, que esperaba mucho más de él y que se había dado cuenta de que en el fondo era como los demás hombres. Se sintió mal. No era esa su intención no defenderla pero no pudo, él también había recibido lo suyo. Aun le dolía el agujero que le habían practicado en el trasero (¿fue con un tubería, con un destornillador o con algo más grande?) Se sentía humillado. Mucho. Pero en el fondo reconocía que ella estaba mucho peor. Vamos, no creía que saliera de esa. Es más, juraría que estaba muerta. La había escuchado estallar cuando uno de esos (un tipo de unos ciento treinta kilos) le saltó encima y no hizo más que empujar su pelvis con violencia dentro y fuera de ella.
El sol comenzó a asomarse, destruyendo a su paso la oscuridad de la noche. Unos minutos después aparecieron los camiones de BCNeta. Inga acabó en el fondo de una bolsa negra, grande, rodeada de latas de cerveza, colillas, un par de jeringuillas y cientos de papelotes variados. Él, sin embargo, terminó en la parte trasera del coche de Ahmed, quien lo había encontrado durante su turno de limpieza. Ahmed pensaba llevárselo aquella misma mañana a su hermano Yasir, un reputado artista del vanguardismo del Barri del Raval. Este conseguía crear verdaderas maravillas con cualquier tipo de basura que decoraba la ciudad de Barcelona. Mientras el coche se alejaba, el maniquí contempló triste y desde la ventanilla como los restos de su amada eran conducidos, sin remedio y en dirección contraria, al incinerador de desperdicios del Districte 1.

©Richard Anthony Archer 2012

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