Consiguió la libertad tras un robo
(unos albano─kosovares reventaron los cristales del escaparate de
los grandes almacenes donde vivía) aunque bueno, eso de la libertad
era un decir. Concretamente sucedió que, con las prisas y los
nervios, los cacos no había cerrado bien la puerta de la camioneta y
el maniquí se escurrió por el hueco quedándose olvidado justo
viente metros del cruce de Plaça Catalunya con Ronda de Sant Pere,
dirección Plaça Universitat. Allí permaneció en la soledad de la
noche, casi apoyado en una farola, vestido con una camisa Hawaiana,
unos shorts militares y unas deportivas de una marca emblemática y
con varios carteles con precios de descuento la mar de sugerentes
enganchados con imperdibles (era verano y tiempo de rebajas).
A los cinco minutos unos estudiantes,
borrachos como cubas, se encontraron con él. Lo miraron con asombro,
como el que descubre por vez primera una seta asomándose de la
corteza de un árbol. Entre risotadas y choteos lo tomaron de los
brazos invitándole a unirse a su fiesta (bueno basta decir que el
pobre no pudo negarse) Ya por el camino comenzaron a propinarle
varios tipos de tirones y algún que otro escupitajo.
Cien pasos más adelante descubrieron
un Sex Shop, iluminado con luces de neón donde anunciaban cabinas
abiertas las 24 horas del día. Como era de esperar entraron. Todos.
El grupo se redujo a medida que se perdían por entre las puertas;
tras ellas se proyectaban cualquier tipo de videos, a cada cual más
obsceno. Los que transportaban al maniquí dejaron a su nuevo amigo
apoyado sobre una pared. Entre las cabinas C y D. A esas alturas ya
llevaba la camisa rota de una manga y le faltaba un zapato.
Allí se quedó allí, impasible,
aburrido, con el rostro ausente. A simple vista parecía un guaperas,
uno de esos recién salido de unas vacaciones en una playa de la
tórrida Florida, con su flequillo tupé al más puro estilo James
Dean. Sus ojos, blancos como la leche, estaban enfocados hacia un
aparador de cristal, de unos dos metros de alto por uno de ancho.
Dentro de él, como una extraña prisionera de un cuento de ciencia
ficción bizarro encontró a la mujer de su vida.
Se llamaba Inga, sus referencias eran
que era sueca, rubia, ojos azules, grandes pechos y muy apasionada.
Su tez era pálida, pero no tanto como la de él. Su mirada estaba
como extasiada. Su boca iba a juego. La tenía abierta formando un
enorme cero (no como esos ceros que muchas veces había visto en los
carteles que le colgaban de la solapa anunciando descuentos o precios
desorbitados, pero casi). Sí, por una razón o otra Inga lo estaba
mirando con desespero. Bueno, en realidad ella tenía razones de
peso. Sabía que si se quedaba allí tarde o temprano acabaría
convirtiéndose en la puta de alguien. Eso ya le había pasado a Yian
Chi, Brunilda, M´Antuba, Chantal, Mary Lou o Dalia Petunia. Todas
habían sido sus mejores amigas. Todas un buen día acabaron
desapareciendo, deshinchadas, plegadas, metidas dentro de cajas de
cartón y después en una horrible bolsa de plástico. Todas habían
desaparecido del establecimiento en manos de personajes de mirada
sucia y babas en la comisura de los labios.
El maniquí la miró con compasión,
pero también con amor. Trató de moverse pero le fue imposible, es
más, en ese momento un par de los estudiantes borrachos lo agarraron
y lo metieron con ellos en una de las salas. Allí le forzaron a ver
una película alemana, una en donde una mujer era penetrada varias
veces por un Pastor Alemán, bajo la atenta mirada de su novio,
mientras éste se excitaba y se masturbaba sin cesar. Al final él se
cagaba en su cara.
Tardaron una eternidad en salir y
cuando lo hicieron el maniquí echó un rápido vistazo a la
estantería. Aterrado descubrió que Inga ya no estaba en su lugar.
Alguien se la había llevado... Su desespero duró bien poco. Era
cierto que Inga había sido liberada, pero en su contra había sido
adquirida por el grupo de juergistas que lo acompañaba. Eso no le
quitó que una nueva preocupación se despertase dentro de su
oquedad. No sabía muy bien pero algo no iba a acabar bien esa misma
noche.
Aun no había amanecido en la playa. Él
estaba completamente desnudo, sin un brazo, con la cara embadurnada
de arena. Inga yacía a su lado. Su belleza eslava había
desaparecido por completo. Ahora no era más que una piltrafa,
completamente deforme y rellena de babas, orines y esperma. El
maniquí la miró con sus ojos blancos. Ella no le correspondió.
Pensó que igual estaba enfadada, que esperaba mucho más de él y
que se había dado cuenta de que en el fondo era como los demás
hombres. Se sintió mal. No era esa su intención no defenderla pero
no pudo, él también había recibido lo suyo. Aun le dolía el
agujero que le habían practicado en el trasero (¿fue con un
tubería, con un destornillador o con algo más grande?) Se sentía
humillado. Mucho. Pero en el fondo reconocía que ella estaba mucho
peor. Vamos, no creía que saliera de esa. Es más, juraría que
estaba muerta. La había escuchado estallar cuando uno de esos (un
tipo de unos ciento treinta kilos) le saltó encima y no hizo más
que empujar su pelvis con violencia dentro y fuera de ella.
El sol comenzó a asomarse, destruyendo
a su paso la oscuridad de la noche. Unos minutos después aparecieron
los camiones de BCNeta. Inga acabó en el fondo de una bolsa negra,
grande, rodeada de latas de cerveza, colillas, un par de jeringuillas
y cientos de papelotes variados. Él, sin embargo, terminó en la
parte trasera del coche de Ahmed, quien lo había encontrado durante
su turno de limpieza. Ahmed pensaba llevárselo aquella misma mañana
a su hermano Yasir, un reputado artista del vanguardismo del Barri
del Raval. Este conseguía crear verdaderas maravillas con cualquier
tipo de basura que decoraba la ciudad de Barcelona. Mientras el coche
se alejaba, el maniquí contempló triste y desde la ventanilla como
los restos de su amada eran conducidos, sin remedio y en dirección
contraria, al incinerador de desperdicios del Districte 1.
©Richard
Anthony Archer 2012
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