Erase que se era una princesa (que en
realidad era una verdadera hija de puta) que solía ponerse junto a
un pozo haciendo ver que recogía agua. Cuando se acercaba un
príncipe aguerrido, entre hipos y lloriqueos, se le acercaba y le
contaba, casi como una letanía, que le era imposible alzar el pesado
cubo. Les explicaba que estaba aun muy débil (ya que había padecido
la tisis) y que ese cubo, repleto de agua, pesaba taaaanto, y que si
no llevaba agua a palacio moriría por su cruel padre después de
propinarle una dolorosa sarta de latigazos (como unos 7564756 más
uno de regalo)... Los príncipes (que en aquel reino al parecer había
a patadas y eran más bobos que un canto rodado) se ofrecían
gustosos en ayudarla, entre otras cosas prendados por la delicada
belleza de la mujer (bueno y también por sus constantes súplicas,
dignas de una manada de gitanas, romero en mano, a la puerta de una
catedral). Así pues los pajarillos trinaban, los árboles siseaban y
las nubes se levantaban mientras el príncipe de turno tiraba con
fuerza de la polea donde se anudaba la cuerda atada al cubo. En un
descuido (porque siempre ha descuidos y si no lo pongo porque
entonces me jode la historia) la princesa, que de tísica tenia lo
que yo de churrera, le metía un empujón al idiota del príncipe y
lo colaba por el agujero del pozo, donde vivía un troll apestoso y
purulento que se hacía unos apetitosos bocatas de carne humana. ¿Y
por qué hacía eso la muy cabrona? os preguntaréis... Interés,
puro y duro. El Rey, su padre, había pactado hace muchos años con
el puto troll que si dejaba en paz a su reino (es que salía a
pasear y el muy cabrón se comía todo lo que encontraba, bueno y
también se cagaba, sobre todo en el jardín de palacio) le
proporcionaría comida diaria gracias a los encantos y persuasión de
la reina y su consecuente descendencia.
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