miércoles, 13 de noviembre de 2013

El Cuento de Princesas Políticamente Incorrecto

Erase que se era una princesa (que en realidad era una verdadera hija de puta) que solía ponerse junto a un pozo haciendo ver que recogía agua. Cuando se acercaba un príncipe aguerrido, entre hipos y lloriqueos, se le acercaba y le contaba, casi como una letanía, que le era imposible alzar el pesado cubo. Les explicaba que estaba aun muy débil (ya que había padecido la tisis) y que ese cubo, repleto de agua, pesaba taaaanto, y que si no llevaba agua a palacio moriría por su cruel padre después de propinarle una dolorosa sarta de latigazos (como unos 7564756 más uno de regalo)... Los príncipes (que en aquel reino al parecer había a patadas y eran más bobos que un canto rodado) se ofrecían gustosos en ayudarla, entre otras cosas prendados por la delicada belleza de la mujer (bueno y también por sus constantes súplicas, dignas de una manada de gitanas, romero en mano, a la puerta de una catedral). Así pues los pajarillos trinaban, los árboles siseaban y las nubes se levantaban mientras el príncipe de turno tiraba con fuerza de la polea donde se anudaba la cuerda atada al cubo. En un descuido (porque siempre ha descuidos y si no lo pongo porque entonces me jode la historia) la princesa, que de tísica tenia lo que yo de churrera, le metía un empujón al idiota del príncipe y lo colaba por el agujero del pozo, donde vivía un troll apestoso y purulento que se hacía unos apetitosos bocatas de carne humana. ¿Y por qué hacía eso la muy cabrona? os preguntaréis... Interés, puro y duro. El Rey, su padre, había pactado hace muchos años con el puto troll que si dejaba en paz a su reino (es que salía a pasear y el muy cabrón se comía todo lo que encontraba, bueno y también se cagaba, sobre todo en el jardín de palacio) le proporcionaría comida diaria gracias a los encantos y persuasión de la reina y su consecuente descendencia.

©Richard Anthony Archer 2013


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