miércoles, 13 de noviembre de 2013

El gran viaje de su vida

Paquito quiso viajar con su padre al pasado en la máquina del tiempo que había inventado. Estaba muy ilusionado, sobre todo para ver como vivía su progenitor a su edad. Ambos destaparon la tela que cubría la máquina y sin pensárselo dos veces se sentaron en las butacas preparados para el viaje. Ambos estaban muy nerviosos. El padre puso el reloj del tiempo en marcha y permitió que su hijo pulsase el botón de encendido del reactor de fusión cuántica. En cuestión de segundos todo se enturbió y el reloj comenzó a retroceder: uno, dos, tres quince, veinte, veintidós, vientisiete, treinta y un años hasta que al final todo se detuvo en 1977.
Aparecieron al amanecer, en un descampado, exactamente donde años más tarde existiría su casa. Padre e hijo empujaron la máquina hasta hacerla desaparecer tras unos matorrales. Caminaron un largo rato, cogidos de la mano, visitando aquellos lugares que el hijo tanto había oído hablar en boca de su padre y que para él no eran más que imágenes difusas recuerdos ajenos y para nada emotivos. El padre le sugirió de esperar sentados en un banco frente a la casa que vivía con sus abuelos. Su hijo nunca había conocido a su padre y aquella era la mejor forma de que ahora pudiera contemplarlo con sus ojos. Bueno, a él también le hacía muchísima ilusión. Hacía mucho que su padre estaba muerto y verlo de nuevo lo emocionaría mucho. Sabía que no podría acercarse a él. Cualquier interferencia en su pasado podría ser fatal para ambos, así que antes de partir se mentalizó muy mucho de que se mantendría en todo momento al margen para evitaría cualquier tipo de contacto con desastrosas consecuencias.
Esperaron un largo rato y el niño comenzó a aburrirse. De repente fijó la mirada a un lugar y preguntó:
─Papá ¿Qué es eso?
El hombre miró donde señalaba su hijo y con una sonrisa conetstó:
─Eso... eso son columpios.
─¿Columpios?Pero estos no son como los de nuestra época.
─Claro, porque son columpios de 1977. No sabes la de horas de diversión que pasaba junto a mis amigos con ellos. Nada que ver con los parques en los que juegas que parecen hechos de goma. Ahí, en ese parque concretamente viví gran parte de mi infancia junto a mis amigos... Ahora que pienso... es posible que veamos a alguno de ellos.
─¿Puedo acercarme y echar un vistazo? No te preocupes por mi pero estaré todo momento al tanto por si veo salir al abuelo. Es que me estoy aburriendo.
El hombre miró el reloj. Aun faltaban 20 minutos para que su padre asomase la cabeza por la puerta para irse al trabajo.
─De acuerdo ve. Pero ten cuidado con quién hablas y de qué hablas ¿entendido?
─No te preocupes iré con muchísimo cuidado.
Dejó a su hijo marchar a su espalda. Supuso que se sentiría fascinado por todos aquellos artefactos metálicos, tan antiguos, tan destartalados, todos situados dentro del parque de tierra y piedras. Aquel enorme tobogán de dos cuerpos, con los rieles de madera barnizada perfecta para deslizarse suavemente sobre ellos, detenerse a la mitad y esperar que el siguiente niño te empujase para acabar de sopetón en el suelo; los columpios, de hierro, con aquellas cadenas aparentemente resistentes y que muchas veces él y sus amigos habían puesto a prueba, tanto de pié como sentados (o de uno en uno o dos en dos) todos tratando de ver hasta cuan alto podría subir y ganar la apuesta (o incluso tratando de hacer realidad ese viejo mito ver quien de ellos podía lograr dar la vuelta de campana); y los los sube y baja... todos con aquellos pivotes de metal, criminales, que más de un pie habían pillado bajo su trayectoria, o cuando de repente, a uno de tus amigos les daba por dar un salto estando abajo y dejarte la rabadilla hecha un cisco... ¡Qué tiempos aquellos y que poca precaución! Nada que ver con esos parques infantiles del presente, tan excesivamente precavidos, tan insulsos, tan asépticos, tanto que ni un niño con los huesos de cristal podría hacerse el más mínimo rasguño. De repente fue cuando, tras escuchar sus pensamientos, se dio cuenta de un detalle en forma de frase lapidaria: “Nada que ver con los parques en los que juegas que parecen hechos de goma” Saltó del banco y corrió hacia donde se encontraba su hijo.
Lo encontró en el suelo, en un charco de sangre que le brotaba de la cabeza a borbotones. El columpio de metal aun iba y venía movido por la inercia. Trató de gritar pero no pudo. Se quedó allí de rodillas junto al cuerpo sin vida de su hijo, uno, cien minutos... antes de reaccionar. Estaba solo. Nadie se había asomado ni se había percatado del accidente. Aun era demasiado temprano. Tomo su cuerpo entre sus brazos y por un momento pensó en llamar a su casa, a la de su infancia y pedir a sus padres que le ayudase. Pero se dio cuenta que aquello no podía ser posible. No podía interferir en el pasado, pasara lo que pasase, si no todo podría muy tener graves consecuencias. Pensó. Debía de actuar de otra forma para salir de aquel atolladero y arreglar aquel desaguisado. En un momentáneo lapsus de razón recordó la máquina del tiempo. Por supuesto, que mejor que utilizar la máquina del tiempo y regresar justo en el momento en el que su hijo se iba subir al columpio y advertirle que no lo hiciera. No pensó en varias cosas, como por ejemplo ¿Cómo podría ocultar su doble presencia sin que hubiera graves consecuencias? ¿Qué haría con el cuerpo de su hijo? ¿Se lo llevaría de nuevo al pasado? En este punto si lo tenía claro. Sin duda tendría que dejarlo, oculto, a resguardo de la vista de cualquiera, en algún lugar. Luego, con su hijo a salvo ya se le ocurriría que hacer con el cadáver. Mientras se dirigía raudo pero precavido hacia su salvación, contempló de nuevo el rostro ensangrentado de su hijo. Las lágrimas se le escaparon como puños por las mejillas. Pensó que ese dolor sería efímero, que duraría poco, que pronto podrían estar de nuevo los dos juntos, sanos y salvos y de paso hasta podrían volver a ver de nuevo vivo a su padre.
Llegó al descampado, completamente agotado. Depositó el cuerpo del niño a pocos metros de los matorrales donde habían ocultado la máquina del tiempo. Al principio pensó que con la tensión se había equivocado de lugar pero luego se dio cuenta de que no era así. La maquina no estaba, se la habían llevado. Desesperado comenzó a remover los matojos, como si se esperase que aquello era una broma de mal gusto. Cuando miró al suelo se dio cuenta de dos cosas. La primera era la confirmación de la desaparición de la maquina al descubrir que ésta había dejado marcas en el suelo tras haber sido arrastrada. La segunda fue a modo de recuerdo. El lugar donde se encontraban era en sus tiempos conocido como “El Sendero del Tío Jacinto”, un lugar de peregrinaje de carromatos de familias gitanas expertas en recoger y vender todo tipo de chatarra.

©Richard Anthony Archer 2012

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