Paquito quiso viajar con su padre al
pasado en la máquina del tiempo que había inventado. Estaba muy
ilusionado, sobre todo para ver como vivía su progenitor a su edad.
Ambos destaparon la tela que cubría la máquina y sin pensárselo
dos veces se sentaron en las butacas preparados para el viaje. Ambos
estaban muy nerviosos. El padre puso el reloj del tiempo en marcha y
permitió que su hijo pulsase el botón de encendido del reactor de
fusión cuántica. En cuestión de segundos todo se enturbió y el
reloj comenzó a retroceder: uno, dos, tres quince, veinte,
veintidós, vientisiete, treinta y un años hasta que al final todo
se detuvo en 1977.
Aparecieron al amanecer, en un
descampado, exactamente donde años más tarde existiría su casa.
Padre e hijo empujaron la máquina hasta hacerla desaparecer tras
unos matorrales. Caminaron un largo rato, cogidos de la mano,
visitando aquellos lugares que el hijo tanto había oído hablar en
boca de su padre y que para él no eran más que imágenes difusas
recuerdos ajenos y para nada emotivos. El padre le sugirió de
esperar sentados en un banco frente a la casa que vivía con sus
abuelos. Su hijo nunca había conocido a su padre y aquella era la
mejor forma de que ahora pudiera contemplarlo con sus ojos. Bueno, a
él también le hacía muchísima ilusión. Hacía mucho que su padre
estaba muerto y verlo de nuevo lo emocionaría mucho. Sabía que no
podría acercarse a él. Cualquier interferencia en su pasado podría
ser fatal para ambos, así que antes de partir se mentalizó muy
mucho de que se mantendría en todo momento al margen para evitaría
cualquier tipo de contacto con desastrosas consecuencias.
Esperaron un largo rato y el niño
comenzó a aburrirse. De repente fijó la mirada a un lugar y
preguntó:
─Papá ¿Qué es eso?
El hombre miró donde señalaba su hijo
y con una sonrisa conetstó:
─Eso... eso son columpios.
─¿Columpios?Pero estos no son como
los de nuestra época.
─Claro, porque son columpios de 1977.
No sabes la de horas de diversión que pasaba junto a mis amigos con
ellos. Nada que ver con los parques en los que juegas que parecen
hechos de goma. Ahí, en ese parque concretamente viví gran parte de
mi infancia junto a mis amigos... Ahora que pienso... es posible que
veamos a alguno de ellos.
─¿Puedo acercarme y echar un
vistazo? No te preocupes por mi pero estaré todo momento al tanto
por si veo salir al abuelo. Es que me estoy aburriendo.
El hombre miró el reloj. Aun faltaban
20 minutos para que su padre asomase la cabeza por la puerta para
irse al trabajo.
─De acuerdo ve. Pero ten cuidado con
quién hablas y de qué hablas ¿entendido?
─No te preocupes iré con muchísimo
cuidado.
Dejó a su hijo marchar a su espalda.
Supuso que se sentiría fascinado por todos aquellos artefactos
metálicos, tan antiguos, tan destartalados, todos situados dentro
del parque de tierra y piedras. Aquel enorme tobogán de dos cuerpos,
con los rieles de madera barnizada perfecta para deslizarse
suavemente sobre ellos, detenerse a la mitad y esperar que el
siguiente niño te empujase para acabar de sopetón en el suelo; los
columpios, de hierro, con aquellas cadenas aparentemente resistentes
y que muchas veces él y sus amigos habían puesto a prueba, tanto de
pié como sentados (o de uno en uno o dos en dos) todos tratando de
ver hasta cuan alto podría subir y ganar la apuesta (o incluso
tratando de hacer realidad ese viejo mito ver quien de ellos podía
lograr dar la vuelta de campana); y los los sube y baja... todos con
aquellos pivotes de metal, criminales, que más de un pie habían
pillado bajo su trayectoria, o cuando de repente, a uno de tus amigos
les daba por dar un salto estando abajo y dejarte la rabadilla hecha
un cisco... ¡Qué tiempos aquellos y que poca precaución! Nada que
ver con esos parques infantiles del presente, tan excesivamente
precavidos, tan insulsos, tan asépticos, tanto que ni un niño con
los huesos de cristal podría hacerse el más mínimo rasguño. De
repente fue cuando, tras escuchar sus pensamientos, se dio cuenta de
un detalle en forma de frase lapidaria: “Nada que ver con los
parques en los que juegas que parecen hechos de goma” Saltó del
banco y corrió hacia donde se encontraba su hijo.
Lo encontró en el suelo, en un charco
de sangre que le brotaba de la cabeza a borbotones. El columpio de
metal aun iba y venía movido por la inercia. Trató de gritar pero
no pudo. Se quedó allí de rodillas junto al cuerpo sin vida de su
hijo, uno, cien minutos... antes de reaccionar. Estaba solo. Nadie
se había asomado ni se había percatado del accidente. Aun era
demasiado temprano. Tomo su cuerpo entre sus brazos y por un momento
pensó en llamar a su casa, a la de su infancia y pedir a sus padres
que le ayudase. Pero se dio cuenta que aquello no podía ser posible.
No podía interferir en el pasado, pasara lo que pasase, si no todo
podría muy tener graves consecuencias. Pensó. Debía de actuar de
otra forma para salir de aquel atolladero y arreglar aquel
desaguisado. En un momentáneo lapsus de razón recordó la máquina
del tiempo. Por supuesto, que mejor que utilizar la máquina del
tiempo y regresar justo en el momento en el que su hijo se iba subir
al columpio y advertirle que no lo hiciera. No pensó en varias
cosas, como por ejemplo ¿Cómo podría ocultar su doble presencia
sin que hubiera graves consecuencias? ¿Qué haría con el cuerpo de
su hijo? ¿Se lo llevaría de nuevo al pasado? En este punto si lo
tenía claro. Sin duda tendría que dejarlo, oculto, a resguardo de
la vista de cualquiera, en algún lugar. Luego, con su hijo a salvo
ya se le ocurriría que hacer con el cadáver. Mientras se dirigía
raudo pero precavido hacia su salvación, contempló de nuevo el
rostro ensangrentado de su hijo. Las lágrimas se le escaparon como
puños por las mejillas. Pensó que ese dolor sería efímero, que
duraría poco, que pronto podrían estar de nuevo los dos juntos,
sanos y salvos y de paso hasta podrían volver a ver de nuevo vivo a
su padre.
Llegó al descampado, completamente
agotado. Depositó el cuerpo del niño a pocos metros de los
matorrales donde habían ocultado la máquina del tiempo. Al
principio pensó que con la tensión se había equivocado de lugar
pero luego se dio cuenta de que no era así. La maquina no estaba,
se la habían llevado. Desesperado comenzó a remover los matojos,
como si se esperase que aquello era una broma de mal gusto. Cuando
miró al suelo se dio cuenta de dos cosas. La primera era la
confirmación de la desaparición de la maquina al descubrir que ésta
había dejado marcas en el suelo tras haber sido arrastrada. La
segunda fue a modo de recuerdo. El lugar donde se encontraban era en
sus tiempos conocido como “El Sendero del Tío Jacinto”, un lugar
de peregrinaje de carromatos de familias gitanas expertas en recoger
y vender todo tipo de chatarra.
©Richard
Anthony Archer 2012
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