miércoles, 13 de noviembre de 2013

La Arboleda

Se asomaron sobre la colina. La hierba, a su alrededor, estaba amarilla, quemada por el sol.
─¿Ves aquel grupo de árboles de allí abajo?─ le dijo.
─¿Te refieres a esa arboleda en mitad de la nada?
─Sí, a esa.
─Pues sí, la veo... ¿qué le pasa?
─¿No la oyes? Están todos sus árboles hablando de ti... En susurros.
─ ¿De mí? ─ De repente, un sentimiento como ligeramente amargo le golpeó el esófago. Lo cierto era que, a simple vista todo era muy normal pero por otro lado también tenía un tono extraño.... Acentuó el oído. Se esforzó bastante. Lo único que logró captar en esos instantes fue el siseante roce de las hojas debido al paso del viento.
─Bueno, oigo algo... ─ contestó a su compañero. ─ Pero para mi no es más que el...
─ ¿viento? ─ le interrumpió. ─ Cuánto te equivocas. Escucha bien─ y añadió ─ En serio, nada más han sentido tu presencia y han comenzado a hablar sobre ti.
Después de escuchar esa especie de provervio ya no pudo de dejar de sentirse intrigado y, a su vez, inquieto. No sabía si era por el paisaje o por las palabras de su amigo pero reconocía que todo se estaba tornando muy extraño. Pensó que podría tratarse de una broma pero su amigo no era de ese tipo de personas. Lo conocía desde hace muchos años y siempre había sido muy serio, demasiado. Filosofía... No cayó en eso. Su amigo era licenciado en filosofía, dio por sentado que todo aquello que le estaba diciendo era de una sarta de pamplinas de corte esotérica. Aun así, y ya dudaba si era todo debido al poder de la sugestión, se sentía como si en esos instantes formase parte de lienzo de René Magritte.
Bajo sus pies se alzaba un grupo de árboles todos muy finos, no llegó a contarlos todos pero no superaban la veintena, todos muy pegados entre sí, formando una oscura sombra en la base de sus troncos. Estos eran de color miel. Algunos parecían tener restos de corteza un tanto más oscura como a modo de manchas, iguales a la de los perros dálmatas. Sus ramas se elevaban hacia el cielo a modo de siniestras garras, todas huesudas, todas retorcidas, todas parecidas a dedos de un grupo de mujeres muy ancianas. Sus hojas, frondosas, eran redondas, de un verde muy pálido; aunque había algunas de ellas en tonos ligeramente grises. Parecían como si estuvieran ligeramente pulverizadas por una capa de escarcha.
─ Bueno quizás tengas razón. ─ Contestó mirando a su amigo─ Igual hablan, pero no se lo qué dicen.
─No te preocupes. Yo lo traduzco: Ya te he dicho que nada más presentir tu presencia se han excitado mucho y que no han parado de comentan entre ellos que por fin habías llegado, después de tanto tiempo, después de tanta espera... ─ Sin apartar la vista de la arboleda añadió: ─ Aunque no lo parezca son todos muy viejos Ahora quieren que bajes... Y no conviene negarte ─ le apuntó.
─¿Negarme? Espera, no entiendo de qué va todo esto. ¿Por qué he de bajar? ¿Por qué no he de negarme? ─ Le replicó ya molesto.
─No te preocupes. Tú sígueme y te lo contaré ─ le dijo invintando con la mano a que bajase por la colina.
─¡No iré contigo! No hasta que me lo cuentes de qué estupidez se trata esto.
─Está bien. Te diré el porqué. Te comunico que en mitad de la arboleda se encuentran tu mujer y tu hijo atados fuertemente alrededor del tronco de uno de los árboles. Los traje yo, hace unas horas. Fue la misma arboleda quien me lo pidió. Al principio me negué pero luego me dijeron que era la única forma de hacerte regresar. No te lo tomes como algo personal. Es una especie única, especial, al borde de la extinción. Y, cómo, sabrás la ecología siempre ha sido mi debilidad. Bueno unas décimas por debajo de la filosofía.
El hombre se enfureció y descendió raudo unos pasos hasta agarrar a su amigo por el pecho de la camisa. Antes de ser golpeado el atacado se zafó y de un empujón lo lanzó al suelo. La arboleda, en la distancia, se agitó con fuerza.
─¡Estúpido! ─ Le dijo agarrandolo por los pies y arrastrándolo por el suelo ─ ¿No lo entiendes? ¡Sólo te quieren a ti, que te unas a ellos, que los abraces! Están todos ansiosos por recibirte ─ y para acabar con la charla le sentenció: ─ Bueno y desde allí también huelen tu carne ¿sabes? Vaya si la huelen... ¡Y no te imaginas cuánta hambre tienen!

©Richard Anthony Archer 2012

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