Se asomaron sobre la colina. La hierba,
a su alrededor, estaba amarilla, quemada por el sol.
─¿Ves aquel grupo de árboles de
allí abajo?─ le dijo.
─¿Te refieres a esa arboleda en
mitad de la nada?
─Sí, a esa.
─Pues sí, la veo... ¿qué le pasa?
─¿No la oyes? Están todos sus
árboles hablando de ti... En susurros.
─ ¿De mí? ─ De repente, un
sentimiento como ligeramente amargo le golpeó el esófago. Lo cierto
era que, a simple vista todo era muy normal pero por otro lado
también tenía un tono extraño.... Acentuó el oído. Se esforzó
bastante. Lo único que logró captar en esos instantes fue el
siseante roce de las hojas debido al paso del viento.
─Bueno, oigo algo... ─ contestó a
su compañero. ─ Pero para mi no es más que el...
─ ¿viento? ─ le interrumpió. ─
Cuánto te equivocas. Escucha bien─ y añadió ─ En serio, nada
más han sentido tu presencia y han comenzado a hablar sobre ti.
Después de escuchar esa especie de
provervio ya no pudo de dejar de sentirse intrigado y, a su vez,
inquieto. No sabía si era por el paisaje o por las palabras de su
amigo pero reconocía que todo se estaba tornando muy extraño. Pensó
que podría tratarse de una broma pero su amigo no era de ese tipo de
personas. Lo conocía desde hace muchos años y siempre había sido
muy serio, demasiado. Filosofía... No cayó en eso. Su amigo era
licenciado en filosofía, dio por sentado que todo aquello que le
estaba diciendo era de una sarta de pamplinas de corte esotérica.
Aun así, y ya dudaba si era todo debido al poder de la sugestión,
se sentía como si en esos instantes formase parte de lienzo de René
Magritte.
Bajo sus pies se alzaba un grupo de
árboles todos muy finos, no llegó a contarlos todos pero no
superaban la veintena, todos muy pegados entre sí, formando una
oscura sombra en la base de sus troncos. Estos eran de color miel.
Algunos parecían tener restos de corteza un tanto más oscura como a
modo de manchas, iguales a la de los perros dálmatas. Sus ramas se
elevaban hacia el cielo a modo de siniestras garras, todas huesudas,
todas retorcidas, todas parecidas a dedos de un grupo de mujeres muy
ancianas. Sus hojas, frondosas, eran redondas, de un verde muy
pálido; aunque había algunas de ellas en tonos ligeramente grises.
Parecían como si estuvieran ligeramente pulverizadas por una capa de
escarcha.
─ Bueno quizás tengas razón. ─
Contestó mirando a su amigo─ Igual hablan, pero no se lo qué
dicen.
─No te preocupes. Yo lo traduzco: Ya
te he dicho que nada más presentir tu presencia se han excitado
mucho y que no han parado de comentan entre ellos que por fin habías
llegado, después de tanto tiempo, después de tanta espera... ─
Sin apartar la vista de la arboleda añadió: ─ Aunque no lo
parezca son todos muy viejos Ahora quieren que bajes... Y no conviene
negarte ─ le apuntó.
─¿Negarme? Espera, no entiendo de
qué va todo esto. ¿Por qué he de bajar? ¿Por qué no he de
negarme? ─ Le replicó ya molesto.
─No te preocupes. Tú sígueme y te
lo contaré ─ le dijo invintando con la mano a que bajase por la
colina.
─¡No iré contigo! No hasta que me
lo cuentes de qué estupidez se trata esto.
─Está bien. Te diré el porqué. Te
comunico que en mitad de la arboleda se encuentran tu mujer y tu hijo
atados fuertemente alrededor del tronco de uno de los árboles. Los
traje yo, hace unas horas. Fue la misma arboleda quien me lo pidió.
Al principio me negué pero luego me dijeron que era la única forma
de hacerte regresar. No te lo tomes como algo personal. Es una
especie única, especial, al borde de la extinción. Y, cómo, sabrás
la ecología siempre ha sido mi debilidad. Bueno unas décimas por
debajo de la filosofía.
El hombre se enfureció y descendió
raudo unos pasos hasta agarrar a su amigo por el pecho de la camisa.
Antes de ser golpeado el atacado se zafó y de un empujón lo lanzó
al suelo. La arboleda, en la distancia, se agitó con fuerza.
─¡Estúpido! ─ Le dijo agarrandolo
por los pies y arrastrándolo por el suelo ─ ¿No lo entiendes?
¡Sólo te quieren a ti, que te unas a ellos, que los abraces! Están
todos ansiosos por recibirte ─ y para acabar con la charla le
sentenció: ─ Bueno y desde allí también huelen tu carne ¿sabes?
Vaya si la huelen... ¡Y no te imaginas cuánta hambre tienen!
©Richard
Anthony Archer 2012
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