─¿A ti no te conozco? ¿Eres nuevo
en este patio?─ Dedujo Crispulin.
─Si, lo soy.
─Entonces... ¿Aun no sabes quién
soy yo verdad?─ le preguntó al nuevo con una ligera sonrisilla.
─No ¿Deberí...
Y antes de acabar la palabra comenzaron
a lloverle una somanta de guantazos. Por todos lados. El nuevo,
sorprendido, trató de recular, dió un paso en falso hacia atrás y
tropezó sobre su otro pie cayendo dolorosamente al suelo.
En menos de veinte segundos aquello se
llenó de un corro de niños. Algunos vitoreaban animando a
Crispulín; otros (sobre todo las niñas) miraban horrorizados la
escena, tapándose la cara o incluso aguantandose las arcadas. Sólo
unos pocos se reían, soltando de vez en cuando algun puntapié de
propina como para echar una mano. El grupo que ya conocía la furia y
chulería de don Cíispulo Santiesteban prefirieron mantenerse al
margen del jolgorio y ver la horripilosa escena desde la distancia.
─ Pobrecito ─ Dijo uno de ellos al
resto.
─ Bueno... ─ suspiró otro
aliviado.─ Por lo menos Crispulín nos dejará tranquilos durante
unos días... ─ apunto mirando el yeso envuelto en el brazo tras su
último encontronazo.
─ ¡tú no lo te enteras chaval! No
me estoy compadeciendo del nuevo, me compadezco de Crispulín.─
apuntó. Y añadió una extraña premonición dijo:─ Esta vez se ha
equivocado de víctima.
Y así fué. Unas semanas mas tarde
Crispulín ya no quería salir al patio, sentía puro y verdadero
terror. Le entraban sudores frios nada más sonar el timbre que
anunciaba la llegada de la hora de la diversiónr. Desde hacía un
tiempo a esta parte su cara no era la misma. Era como un mapamundi,
cojeaba del pié derecho tenía ojeras y había perdido muchos kilos
de peso.
©Richard
Anthony Archer 2012
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