Hay personajes que surgen de la
imaginación con una rapidez inusitada. Otros, sin embargo, se
enquistan en la mollera y permanecen prisioneros en ella como ratas
perdidas en un laberinto. A mi me sucede. Tengo uno de esos
personajes, en concreto, una mujer llamada Palmira de Lorris, que a
veces lucha por salir de mi cabeza y darse a conocer en este mundo y
otras veces se me agarra con fuerza a un pliegue cerebral y no hay
forma de soltarla de allí, ni con el chorro de un manguerazo, sí,
de esos que te hacen temblar las nalgas...
Palmira es la protagonista de un
cuento, muy triste, pero a su vez tan poético como su heroína,
porque Palmira es poeta ademas de fea y mujer de pocos o nulos
amigos. Ella no me recrimina nada. Supongo que debe de estar
agradecida que la crease, o bien porque es muy paciente y sabe que
tarde o temprano su historia y por ello el reconocimiento de su
existencia no será un secreto entre ella y yo y saldrá por fin a la
luz. Ahora espera en mi interior, como un feto, escribiendo horribles
poemas, cursis, llenos de florituras, de amores imposibles y más
enganchosos que la melaza y el Super Glue juntos.
A veces pienso que Palmira no quiere
salir porque sabe que su final es triste. No sé si le da miedo ese
final o bien espera que se me ocurra otro mucho mejor, mucho mas
acorde con lo que ella escribe. Vamos a ver, tonta no es. Pero sabe
que no hay otra forma de acabar su historia.
Toda su vida transcurre en un lugar
gris, con edificios grises en un espacio tiempo parecido a la segunda
década del siglo pasado dominado por un cielo lleno de dirigibles,
lluvia y fábricas inmensas que escupen humo junto con residuos por
inmensas chimeneas del tamaño de rascacielos. Decidí que todo tenía
que ser muy gris en su vida porque la única luz que había a su
alrededor se encontraba en los sonetos y rimas de sus poesías. Todo
gris no hay vuelta atrás. Gris como el color de las sábanas y ropa
que sube cada dos días a tender (y que no hay forma de que queden
blancas por culpa de la contaminación) y gris como el papel en el
que escribe sus obras fabricado con restos de periódicos mal
reciclados...
Siento lástima por Palmira. Aunque no
os lo creáis en el fondo me la aprecio mucho. Es uno de mis
personajes favoritos, al que llevo apegado a él desde hace mucho
tiempo y temo que si un día, sale de mi interior, mi relación con
él (en este caso ella), por lo menos esa intimidad que tenemos,
dejará de existir. De todos mis personajes enquistados (sin contar
las momias creo que hay una docena más, por lo menos) es quizás al
que más cariño le tengo.
Que yo sepa ella nunca me ha dedicado
un poema. No se lo tengo en cuenta. Tampoco lo leería, No me gusta
la poesía y menos la que ella escribe. Creo que lo sabe por eso
nunca me ha correspondido. Además Palmira escribe siempre para ella
misma. Bueno miento, lo hace pero para reservar su obra únicamente a
los ojos o los oídos de una persona amada, su príncipe azul. Tiene
la certeza de que un día llegará, quizás porque sabe que yo se lo
voy a presentar. Aunque al final se puede llevar una desilusión.
Para ella sus escritos son como su himen. Deben ser desflorados por
la persona adecuada. Lo que ignora (o no) es que en muy pocas lineas
aparecerán dos amores en su vida, pero tan sólo va a poder conocer
bien a uno. Al otro ya de cuerpo presente...
Ya lo se, soy muy cruel con ella.
Siempre he pensado que le podía dar una segunda oportunidad. Pero
no. En vez de llenar su vida con un joven apuesto, comprensivo y
cariñoso le hago conocer en un callejón a un vagabundo (eso sí,
del que ella se enamora perdidamente. Cuidadín, en este caso a mi no
me metáis en ello, esto es cosa exclusivamente de ella...) sucio,
rudo y malhumorado al que se lleva a su casa. Palmira está muy
ilusionada porque sabe ver el amor entre tanta mugre y mal olor,
también es muy lerda porque ranas que se convierten en príncipes no
existen ni en los cuentos.
Palmira lo alimenta y trata de cuidar
(el tipo tose sangre y tiene yagas hasta en la yagas) pero ojo, nunca
yacen (menos mal). No hay tiempo para eso. Tampoco se lo doy. Es un
cuento corto no una novela de Tolstoi. Ademas ya sabéis que las
historias románticas no me acaban de gustar. Me suenan a novelitas
de esas para hacer mojar las bragas a las solteronas, las convierten
en tontas que aun van a poner velitas a San Antonio y en casos
extremos a San Judas Tadeo o Santa Rita.
Palmira no se merece un final feliz, en
absoluto. Y no me refiero a la felicidad emocional, simplemente
necesita que su historia sea recordada con fuerza y consistencia. De
otra forma. ¡Puñetas que no soy Corín Tellado!
Igual a este punto de la historia os
estaréis preguntando cómo acaba la vida de Palmira (os confesaré
una cosa: ahora la siento retorcerse de miedo en mi cabeza; sabe que
tarde o temprano va a sucumbir y salir escupida en forma de relato
con placenta incluida) "No luches Palmira" le digo. "sólo
déjate llevar. Necesito hueco para más personajes y tú ya has
vivido demasiado tiempo en mi cabeza. Por fin es tú turno, aunque no
era así como te hubiera gustado presentarte en público, también lo
reconozco. Pero tampoco te quería convertir en otra momia más."
Palmira no llora ni suplica, se lo agradezco de corazón.
Bueno, a lo que iba. El final de
Palmira de Lorris es triste, mucho. Pero insisto de nuevo, es el que
se merece. Ella ha escrito muchos poemas, se ha dejado los ojos y ha
derramado mucha tinta en ellos (más que sonetos parecen letanías,
algunos haría palidecer de envidia al Cantar de Mio Cid, en cuanto a
extensión) y cuando sienta que esté ante el hombre de su vida
decidirá entregárselos para que los lea. Philipe, que así se llama
el vagabundo maloliente, es para ella su elegido. El tipo los
comienza a leer mientras come algo que le ha preparado ella. Palmira
cocina bastante bien, es lo que tiene haber estudiado en un colegio
de monjas; aunque hay que reconocer que es algo escasa, lógico
cuando se trata de una persona que vive sola y parece un alambre con
pies.
Ahora Palmira me pide que no corra
tanto contando su historia. Vuelve a tener miedo. Pero, lo siento, he
de meter el acelerador, sino corro el riesgo y es incluso más
posible que ella vuelva a escabullirse y se esconda aun mucho más
dentro de mi imaginación.
El hombre lee los poemas y comienza a
reírse, bueno mas que reírse a chotearse de ellos (eso era
previsible, aunque en una novela rosa iría del palo: Él comenzó a
leer sus poemas y una luz iluminó su corazón, sus ojos se llenaron
de lágrimas y comprendió que su triste vida vagando por las calles,
durmiendo entre sus propios vómitos y orina de rata (eso no queda
muy bien en un cuentecito de Barbara Cartland, lo se, pero lo pongo
porque me gusta) tenía sentido. Allí ante él tenía a su ángel, a
su amada. Se levantó de la mesa y la abrazó con pasión. Había
ternura en sus besos, había... No, me niego. Rotundamente. Mi
Phillipe no es un príncipe azul, es un hijo de puta. Se ríe de
ella, de sus poemas, es más, se limpia su sucio culo con ellos.
Cuando acaba los hace añicos y con sus rudas manos, los arroja por
la ventana; para mayor colmo los pregona a los cuatro vientos (el
cabrón tiene muy buena memoria) y Palmira escucha como todas sus
vecinas salen al patio de luces y se ríen de ella y de lo que ha
escrito. Bueno, también lo hacen cuando Palmira se cae sobre el
terrazo al salir a tender ya que el suelo resbala por culpa de la
lluvia ácida.
¿Y qué hace Palmira mientras ve como
Phillipe se ríe de ella? Aquí siempre tengo mis dudas. Es lo que
pasa que en algunos relatos suele haber lagunas (en algunos casos
arenas movedizas), de las que a veces sueles salir bien y otras se
llenan de brumas como el paisaje que rodea el universo donde vive mi
protagonista.
En mi caso existen varias opciones. En
una de ellas Palmira se cabrea como una mona, toma un cuchillo, se lo
clava a él, con muy poco atino hay que decirlo (ella escribe poemas
y cose pañuelos no es una asesina) y él se arranca el cuchillo se
abalanza contra ella y le arrea varios cuchillazos dejándola muerta
en la cocina de su casa. Lo que él luego aprovecha para robarle todo
lo que tiene (camafeos y colgantes de su difunta abuela) y se larga a
las calles que es donde debe estar.
En otra opción, ésta es más light,
Plamira se enfada y le grita barbaridades al hombre. Este se enfurece
y la golpea y la estrangula hasta hacerla morir; hay incluso una
versión en la que ambos caen pegándose hostias por el patio de
luces, pero la encontré demasiado inverosímil y absurda. También
había pensado que ella se lanzaba por la ventana en busca de sus
poemas mientras él la contemplaba tomándose una taza de café.
Luego cerraba la ventana, robaba (Phillipe siempre roba)
desapareciendo entre las sombras. Sé que esta parte del cuento es la
que más duda me produce, aunque si tengo claro que ella muere. Debe
morir de otra forma no se produciría el clímax final. El que ella se merece. Ahora
no os vayáis a pensar que la subo al cielo y la rodeo de angelitos
gorditos y encuentra entre nubes de algodón al hombre de su vida.
Nada de eso. Palmira de Lorris acaba sobre la mesa de una morgue,
desnuda, frente al que será el otro hombre de su vida. Se trata de Jean Pierre
Fontillant, un trabajador languido como una caña podrida, que primero limpia su cuerpo con una
esponja, luego la arregla, después la acaricia, a continuación la
besa y finalmente se la folla, as´ñi de claro (en el relato se escuchaba crujir su
himen como si fuese papel de estraza). Sí, Jean Pierre Fontillant
era un necrófilo y la única y ultima persona que sabía ver la
belleza de ese o cualquier cuerpo inerte. Y a Plamira la desfloró como Dios manda, aunque ella no se de cuenta de ello. En este cuento no hay espíritus, ni limbo,
ni nada que se le parezca. Sólo yo, que cuento su historia y hago una
reflexión final a modo de moraleja. No sé qué hubiera pasado si
Jean Pierre Fontillant hubiera leído los poemas de Palmira. A saber.
Lo más seguro es que ni se los hubiera mirado. En cualquier caso mañana llegarían otras muertas (o muertos) y él
también se beneficiaría de ellas o ellos. La necrofilia es muy
efímera, como lo es el amor.
©Richard
Anthony Archer 2012
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