Primero fue el loro. Un día
desapareció, dejando la jaula abandonada, triste, con la puerta
abierta de par en par. “Piquito”, que así se llamaba el loro se
había ido de vacaciones, por lo menos eso es lo que nos contó
nuestra madre. “Piquito” era el loro de la abuela, ambos vivían
con nosotros. El pájaro tenía casi tantos años como ella. Mi padre
dijo que había sido su mascota desde que aun llevaba trenzas, la
abuela era la que había llevado trenzas, no él. He de decir que a
mi me extrañó que “Piquito” se marchase. Siempre había sido
muy feliz con nosotros. Se dejaba tocar, le podías dar de comer
directamente desde la boca al pico, todo eso sin que te mordiera e
incluso sabía decir unas cuantas palabras, silbar, reírse como una
persona o cantar (interpretaba varias Arias de Verdi con un
virtuosismo que haría palidecer de envidia a muchas primas donas,
por lo menos eso es lo que decía mi padre).
Pasaron los días y Piquito no volvía.
Mi hermano y yo le habíamos dejado la puerta abierta, incluso le
habíamos puesto un trozo de bizcocho, de los que a él le gustan
cada mañana pero nada de nada.
No regresaba. Mamá sugirió que tal
vez “Piquito” se había ido a su tierra (creo papá dijo un día
que era originario de Brasil) y que como había tantos kilometros de
distancia y un océano de por medio tardaría mucho en llegar. Nos
aseguró que tal vez, era muy probable que cuando hubiéramos
regresado de nuestras vacaciones en La Manga del Mar Menor “Piquito”
habría regresado y estaría esperándonos.
Pero no fue así. “Piquito” no
regreso nunca. La abuela se sintió triste, nosotros también. Mamá
le quitó importancia llegando un día con un cachorrito bajo el
brazo. Menuda sorpresa. Era un perrito pequeño, como una bola de
nieve, todo con el pelo rizado y una simpática nariz negra que,
junto a sus ojos, resaltaban con alegría en su cara blanca y peluda.
El día que llegó “Copito” (así habíamos llamado al perrito)
desapareció la jaula de “Piquito” pasando ya a formar parte del
olvido.
Un día, antes de las vacaciones de
verano “Copito” desapareció. Bueno en realidad se le escapó a
mamá de la correa, eso nos contó, y a pesar de correr tras él no
pudo alcanzarlo. Lloramos mucho. Hasta papá derramó unas cuantas
lágrimas. Mamá nos llamó sentimentales, nos esperanzó diciendo
que igual lo había encontrado otra familia y que después de las
vacaciones en Fuengirola se dedicaría a buscarlo piso por piso si
hacía falta. Pero no lo encontró.
Después de “Copito” vino “Bigotín”
un gato precioso que se cayó (un día antes de irnos de vacaciones a
Granada) por la ventana “De un golpe de viento” dijo mi madre.
Luego llegó “Capitan Smuthers y Mr Temple” una pareja de
hamsters que aparecieron una mañana de julio muertos en su jaula al
parecer por indigestión de pipas; luego “Batiscafo y Tiburón”
dos peces de colores que misteriosamente se desintegraron en el agua
a las pocas horas antes de salir de vacaciones y “Rueditas” una
preciosa tortuga que, como “Piquito”, un buen día de verano
desapareció y nunca más nadie supo de ella.
A nosotros ya nos estaba cansando que
siempre, después de vacaciones, mamá regresase a casa con un
animalito nuevo. Ya estábamos rozando la barrera critica de la
indiferencia, aunque en mi caso aun mantenía mi verdadera devoción
por el cuidado y cobijo de animales.
Un verano la abuela ya no vino con
nosotros. Justo dos días antes de partir a Canarias se cayó de la
escalera plegable. Resultado: se partió el fémur, dos costillas y
la mandíbula. Mamá estaba con ella ese día. Dice que se la
encontró subida a la dichosa escalera tratando de bajar su maleta de
la parte de arriba del armario. Mamá había fregado hacía nada y el
suelo estaba muy resbaladizo. Dijo que la abuela estaba muy nerviosa,
que se le había metido en la cabeza que mamá no quería que ese año
fuese de vacaciones con nosotros porque ya estaba muy vieja. Según
les contó mamá a los de la ambulancia y, sobre todo a los de la
guardia la urbana, la escalera no pudo soportar los movimientos
bruscos de mi abuela por lo que la madera y bisagras cedieron y el
batacazo que se propinó fue morrocotudo.
Papá no quiso irse de vacaciones. No
podía dejas a su madre así, en un hospital mientras ellos se lo
pasaban en grande visitando Timanfaya, La Cueva de los Verdes o Los
Hervideros. Mamá se enfadó mucho con él. Le llamó de todo, pero
en especial “blandengue”. Se lo repitió unas cien o doscientas
veces, os lo juro. Creo que papá acabó esa noche llorando. Nunca lo
había visto así y me dio mucha pena. Dos días más tarde estábamos
todos (menos la abuela) volando dirección Lanzarote.
El mismo día que llegamos Papá
alquiló un coche y la recorrimos varias veces de cabo a rabo.
He de decir que los dos primeros días no había muchos ánimos entre
todos. Bueno, mamá sí. Estaba animada, la que más. Su afán por
capturar los mejores momentos del verano y enseñárselos
(posteriormente y con envidia) a todas sus amigas hacía que
disparase miles de fotos hacia cualquier rincón que destacase. He de
reconocer que, al tercer día la isla me estaba gustando mucho.
Una mañana que mi hermano y yo nos
quedamos en la piscina del hotel (donde nos lo pasábamos bomba
mojando, sobre todo, a niñas alemanas. Las españolas no tenían
tanto sentido del humor...) apareció mi padre. Tenía el rostro
desencajado. Nos llevó a ambos a la habitación y nos dijo que mamá
había desaparecido. Había sido en los hervideros. Nos contó que se
había acercado a uno de ellos para hacer una de sus fotos
espectaculares y un golpe de mar la sorprendió succionándola mar
adentro. La guardia costera estaba en esos momentos buscando su
cuerpo pero aquella mañana el mar se había levantado muy picado por
lo que hacía casi imposible proseguir con las tareas de búsqueda.
Mi padre nos abrazó. Nosotros a él.
Yo le miré a los ojos y le pregunté:
─Papá ¿Podremos tener una iguana?
©Richard
Anthony Archer 2012
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