miércoles, 13 de noviembre de 2013

Vacaciones

Primero fue el loro. Un día desapareció, dejando la jaula abandonada, triste, con la puerta abierta de par en par. “Piquito”, que así se llamaba el loro se había ido de vacaciones, por lo menos eso es lo que nos contó nuestra madre. “Piquito” era el loro de la abuela, ambos vivían con nosotros. El pájaro tenía casi tantos años como ella. Mi padre dijo que había sido su mascota desde que aun llevaba trenzas, la abuela era la que había llevado trenzas, no él. He de decir que a mi me extrañó que “Piquito” se marchase. Siempre había sido muy feliz con nosotros. Se dejaba tocar, le podías dar de comer directamente desde la boca al pico, todo eso sin que te mordiera e incluso sabía decir unas cuantas palabras, silbar, reírse como una persona o cantar (interpretaba varias Arias de Verdi con un virtuosismo que haría palidecer de envidia a muchas primas donas, por lo menos eso es lo que decía mi padre).  
Pasaron los días y Piquito no volvía. Mi hermano y yo le habíamos dejado la puerta abierta, incluso le habíamos puesto un trozo de bizcocho, de los que a él le gustan cada mañana pero nada de nada.
No regresaba. Mamá sugirió que tal vez “Piquito” se había ido a su tierra (creo papá dijo un día que era originario de Brasil) y que como había tantos kilometros de distancia y un océano de por medio tardaría mucho en llegar. Nos aseguró que tal vez, era muy probable que cuando hubiéramos regresado de nuestras vacaciones en La Manga del Mar Menor “Piquito” habría regresado y estaría esperándonos.
Pero no fue así. “Piquito” no regreso nunca. La abuela se sintió triste, nosotros también. Mamá le quitó importancia llegando un día con un cachorrito bajo el brazo. Menuda sorpresa. Era un perrito pequeño, como una bola de nieve, todo con el pelo rizado y una simpática nariz negra que, junto a sus ojos, resaltaban con alegría en su cara blanca y peluda. El día que llegó “Copito” (así habíamos llamado al perrito) desapareció la jaula de “Piquito” pasando ya a formar parte del olvido.
Un día, antes de las vacaciones de verano “Copito” desapareció. Bueno en realidad se le escapó a mamá de la correa, eso nos contó, y a pesar de correr tras él no pudo alcanzarlo. Lloramos mucho. Hasta papá derramó unas cuantas lágrimas. Mamá nos llamó sentimentales, nos esperanzó diciendo que igual lo había encontrado otra familia y que después de las vacaciones en Fuengirola se dedicaría a buscarlo piso por piso si hacía falta. Pero no lo encontró.
Después de “Copito” vino “Bigotín” un gato precioso que se cayó (un día antes de irnos de vacaciones a Granada) por la ventana “De un golpe de viento” dijo mi madre. Luego llegó “Capitan Smuthers y Mr Temple” una pareja de hamsters que aparecieron una mañana de julio muertos en su jaula al parecer por indigestión de pipas; luego “Batiscafo y Tiburón” dos peces de colores que misteriosamente se desintegraron en el agua a las pocas horas antes de salir de vacaciones y “Rueditas” una preciosa tortuga que, como “Piquito”, un buen día de verano desapareció y nunca más nadie supo de ella.
A nosotros ya nos estaba cansando que siempre, después de vacaciones, mamá regresase a casa con un animalito nuevo. Ya estábamos rozando la barrera critica de la indiferencia, aunque en mi caso aun mantenía mi verdadera devoción por el cuidado y cobijo de animales.
Un verano la abuela ya no vino con nosotros. Justo dos días antes de partir a Canarias se cayó de la escalera plegable. Resultado: se partió el fémur, dos costillas y la mandíbula. Mamá estaba con ella ese día. Dice que se la encontró subida a la dichosa escalera tratando de bajar su maleta de la parte de arriba del armario. Mamá había fregado hacía nada y el suelo estaba muy resbaladizo. Dijo que la abuela estaba muy nerviosa, que se le había metido en la cabeza que mamá no quería que ese año fuese de vacaciones con nosotros porque ya estaba muy vieja. Según les contó mamá a los de la ambulancia y, sobre todo a los de la guardia la urbana, la escalera no pudo soportar los movimientos bruscos de mi abuela por lo que la madera y bisagras cedieron y el batacazo que se propinó fue morrocotudo.
Papá no quiso irse de vacaciones. No podía dejas a su madre así, en un hospital mientras ellos se lo pasaban en grande visitando Timanfaya, La Cueva de los Verdes o Los Hervideros. Mamá se enfadó mucho con él. Le llamó de todo, pero en especial “blandengue”. Se lo repitió unas cien o doscientas veces, os lo juro. Creo que papá acabó esa noche llorando. Nunca lo había visto así y me dio mucha pena. Dos días más tarde estábamos todos (menos la abuela) volando dirección Lanzarote.
El mismo día que llegamos Papá alquiló un coche y la recorrimos varias veces de cabo a rabo. He de decir que los dos primeros días no había muchos ánimos entre todos. Bueno, mamá sí. Estaba animada, la que más. Su afán por capturar los mejores momentos del verano y enseñárselos (posteriormente y con envidia) a todas sus amigas hacía que disparase miles de fotos hacia cualquier rincón que destacase. He de reconocer que, al tercer día la isla me estaba gustando mucho.
Una mañana que mi hermano y yo nos quedamos en la piscina del hotel (donde nos lo pasábamos bomba mojando, sobre todo, a niñas alemanas. Las españolas no tenían tanto sentido del humor...) apareció mi padre. Tenía el rostro desencajado. Nos llevó a ambos a la habitación y nos dijo que mamá había desaparecido. Había sido en los hervideros. Nos contó que se había acercado a uno de ellos para hacer una de sus fotos espectaculares y un golpe de mar la sorprendió succionándola mar adentro. La guardia costera estaba en esos momentos buscando su cuerpo pero aquella mañana el mar se había levantado muy picado por lo que hacía casi imposible proseguir con las tareas de búsqueda.
Mi padre nos abrazó. Nosotros a él. Yo le miré a los ojos y le pregunté:
─Papá ¿Podremos tener una iguana?

©Richard Anthony Archer 2012

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