—Abra la boca. Más... Mucho más...
Todo lo que pueda. Ya me lo imaginaba.
—¿Es grave doctor?—Le preguntó
la mujer, desde una esquina del despacho, mientras su marido, sentado
sobre una silla, semejante a la de un dentista, hacía todo lo
posible por mantener las fauces lo mayormente abiertas posibles.
—¡Shhhh! manténgase en silencio, y
si no puede aguantar, salga de la sala o cierre los ojos. Ah, y
tápese la boca, por lo que más quiera. la mujer obedeció.
El médico abrió un frasco y de él
surgió una bolita azul, casi luminosa, tenía el tamaño de un
guisante.
—En cuanto le introduzca el
medicamento en su boca trágueselo y esperaremos unos segundos a que
haga efecto. ¿Me ha entendido?
El hombre levantó el pulgar. Los ojos
le lloriqueaban.
—¿Preparado?
El hombre asintió.
El médico lanzó la bolita en el
interior del hueco de la boca. Esta rebotó con la lengua y acto
seguido desapareció por el agujero del gaznate. El médico comenzó
a contar en silencio.
Cuando llego a dieciséis comenzaron a
escucharse unos ruidos desagradables, surgían desde lo mas profundo
del esófago del paciente. Era como el sonido de una cañería cuando
se satura de agua pero en un tono gutural. Las ventanas del despacho
y alguna objetos de la mesa temblaron. Lo mismo el hombre que ahora
miraba al médico con cierto horror.
—¡Ni se le ocurra cerrar la boca!
¿Entendido?
El hombre gimió y el médico lo
interpretó como un sí.
De repente las luces del despacho
centellearon y la temperatura de la sala bajó de forma considerable.
La mujer tenía los ojos cerrados y se tapaba la boca con las manos.
Estaba aterrorizada.
En unos segundos la boca del hombre se
convirtió en una especie de amplificador. De su interior surgieron
unos grotescos aullidos acompañados de una coral de lamentos y
gritos desgarradores.
El hombre comenzó a tener náuseas,
cada vez más intensas. El médico se puso a un lado y dos segundos
más tarde comenzó a vomitar una densa masa parecida a humo con
miles de formas inhumanas que se escaparon de la boca, como un
portentoso torrente de una catarata. Las abominaciones salían como
enloquecidas, todas en dirección al suelo donde desaparecían entre
ráfagas de destellos y humo rojo. El proceso duro un tiempo. Era
ensordecedor, grave, como el de un millón de bajos eléctricos
sonando al unísono. No fue calculado con precisión, pero el doctor
calculo que seguro que duró más de cinco minutos.
Cuando acabó el proceso en la sala se
podía oler un extraño aroma, era intenso y sobre todo desagradable.
—¿Puedo abrir los ojos? —preguntó
la mujer.
—Sí, ya puede. No se asuste. Su
marido se ha desmayado. Recobrará rápidamente el conocimiento.
Déjelo dormir todo lo que quiera cuando lleguen a casa.
—¿Y qué le sucedía doctor? ¿Qué
eran todos esos gritos? ¿Y ese olor?
—Era un típico caso de odio, ira,
frustración y sed de venganza acumuladas... Se habían enquistado en
su interior y necesitaba sacarlo.
—¿Se ha curado?
—De momento. Pero ahora depende de
ustedes que esta situación no vuelva a suceder.
©Richard Anthony Archer 2013
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