Mi padre murió. Ya no había forma de
salvarlo. La neumonía era mucho más fuerte qué él. Se fue
durmiendo en la cama rodeado de los suyos. Recuerdo que la casa se
solidarizó con nosotros atenuando la luz que entraba por las
ventanas. Era como si corriera unas invisibles cortinas para
ofrecernos mucha más intimidad. Meses más tarde mi madre me llamó
envuelta en una especie de sobrexcitación. Cuando logré calmarla me
contó que había visto a mi padre paseándose por la casa. No la
reconoció a pesar de que ella lo llamó varias veces por su nombre.
Me dijo que lo había visto meterse en un pasillo y desaparecer en
una nueva habitación. Me dijo que se quedó tras el marco de la
puerta cerrada. Me explicó que escuchó ruido de muebles
arrastrándose y poco después el repiqueteo del teclado de una máquina
de escribir. Mamá no hizo nada. Sabía que cuando papá se ponía a
escribir era mejor no molestarlo, perdía la concentración y se
malhumoraba muy fácilmente.
©Richard
Anthony Archer 2012
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