─ Y ahora, por tu afán de vileza,
maldad y crueldad, morirás.─ Le sentenciaron. ─ Dime ¿Para qué
te ha servido recaudar tanta riqueza si ahora, tras tu muerte, no vas
a poder disfrutarla?
El tirano comenzó a reír. Pese al
dolor que sentía en su cuerpo y la sangre que le salía a borbotones
de sus heridas se puso a reír. Arrodillado, y aparentemente
humillado frente a sus enemigos, alzó la mirada y tras un hilo de
voz les comunicó:
─ ¡Necios, imbéciles, que ridículos
e idiotas sois! Yo ya he disfrutado de aquellas riquezas que os he
robado, pero no de todas, sabed que tras mi muerte, mi familia y
aquellos que me aman serán los que vivan, para el fin de sus días,
en la opulencia y como reyes, mientras vosotros no tendréis ni un
mísero mendrugo para echaros a la boca.
Entonces, tras un leve silencio los
allí presentes comenzaron a reír, mucho más fuerte que él. El
tirano, ofuscado, los miró a cada uno de ellos tratando de buscar
una respuesta.
─¿De qué os reís bestias inmundas?
¿Qué es lo que os hace tanta gracia sacos de mierda?
El jefe de la resistencia se acercó a
él y agarrándole del pelo le espetó:
─Ahora el qué no lo entiendes eres
tú ¿no es así?
Hizo una señal y sus hombres hicieron
entrar en la sala a un puñado de personas. El tirano los miró a
todos horrorizado. Eran seis de sus diez mujeres , su madre y su
padre y quince de sus cuarenta y dos hijos. Uno de los
revolucionarios encendió unos monitores y allí se pudo ver a más
personas rodeadas de soldados. El tirano desesperado no sabía cómo
reaccionar; todos los detenidos era parientes suyos. Todas sus
mujeres y sus hijos y resto de amigos y fieles. Había muchos que se
abrazaban y lloraban. Antes de que el líder revolucionario
abandonase la sala, el tirano se agarró a sus pies suplicándole
clemencia. No sirvió de nada. Justo cuando se cerró la puerta se
escucharon gritos y luego disparos. Por todos lados.
Afuera hacía frio. Aun no era de día.
Como era habitual en aquel árido lugar. El calor llegaría a lo
largo del día y cuando alcanzase el zenit habría nacido un nueva
era. Un centenar de cabezas, insertadas sobe estacas, serían sus
testigos, mirarían con sus ojos desencajados al sol, que brillaría
como una enorme moneda de oro flotando en cielo azul intenso sobre la
silueta recortada de las montañas.
©Richard
Anthony Archer 2012
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