A mi vecinito Severín le pidieron un
día que dibujase a su madre. Él iba a los médicos porque siempre
decía que ella no se había muerto, que aun vivía en casa. Fijáos
si estaba tan convencido que explicaba, con pelos y señlales, que
muchas noches, al sonar en el reloj del comedor las tres de la
madrugada ella aparecia, arrastrandose desde el fondo del pasillo y
colarse en su habitación. Decía que lo arropaba, le cantaba una
nana y le daba un beso de buenas noches. Luego desaparía como una
enorme araña por debajo de su cama.
©Richard
Anthony Archer 2012
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